Que caprichosos son los recuerdos, a veces hacen acto de presencia como aquel familiar o aquellos amigos que sabiéndose en confianza aparecen por casa sin avisar dando lugar a un encuentro espontáneo (son los mejores) y a unas tertulias animadas, pero al final te queda esa sensación de no haber podido ejercer de anfitrión protocolario.
He aparcado el coche hace unos 50 minutos me he dirigido a la cafetería de siempre y he pedido mi café con leche corto de café y templado, he leído el periódico y mientras me dirigía a la oficina pensaba en todo lo que tenía que hacer. Explicación del programa de fidelización a la zona norte, formación de cognos, análisis de los resultados comerciales del fin de mes, implementación de nuevas estrategias comercializadoras, diseño final de la encuesta de satisfacción de clientes… luego en el fin de semana, y las actividades y compromisos de toda índole se me agolpaban.
De repente, mi subconsciente me lanzó un salvavidas y recordé aquellas mañanas sentado en un banco en la margen derecha del puente colgante, siempre el mismo banco, siempre las mismas vistas, siempre sólo. Sí, debía estar en la facultad pero en esos momentos mi alma, mi espíritu y mi cuerpo se sintonizaban, eran uno. Allí sentado conversaba con Kavafis, Lorca, Neruda, Melquíades, El pobre Coronel. También con Foucault, Durkheim, Simmel o Comte.
Veía como una ría era capaz de separar tan poca distancia física pero tanta distancia social, y siempre me enorgullecía de pertenecer a la que tenía enfrente de mis ojos, era gente auténtica, mestiza, venida de todos los rincones de Fanciti, esa gente había hecho posible con su sacrificio y trabajo que yo me sentara en un majestuoso parque rodeado de lujosos edificios ocupados por la alta burguesía de Victimiti, que injusta es la vida, que pena que Owen fracasara.
Apenas pasaba gente a mi alrededor, eran horas en las que lo cotidiano te podía, pensaba, imaginaba, creaba, me ilusionaba, pero sobre todo lograba sacudirme el polvo, renovarme. Tras unas horas, volvía a la margen que me correspondía por clase y espíritu y me dirigía a visitar a quien aún hoy me acompaña. Paquiti me abría la puerta, “Hola Seleti la tienes en el salón” me solía decir, y allí estaba esa sonrisa cautivadora y contagiosa, esos expresivos ojos, esa inteligencia mezclada con inocencia y con pasión por vivir, esa melena preciosa sin el mechón rubio del primer día. Su beso con abrazo incluido terminaban el trabajo que empezó en aquel banco de la margen derecha. Se pueden tener instantes tan felices con tan poco… Es tan injusto ser feliz, pero en ocasiones no lo puedo evitar.
Ahora, en estos mismos instantes, me han dejado sobre la mesa el parte comercial del mes, no ha ido mal, los últimos ajustes han dado resultado, seguimos creciendo por encima del sector… bien.
Echo de menos automedicarme de vez en cuando, que mi cuerpo, mi alma y mi espíritu vuelvan a sintonizarse. Tengo que buscar esas horas necesarias, tengo que buscar un nuevo banco en el que sentarme y conversar con mis viejos amigos.
Gracias subconsciente por el pequeño respiro que me has facilitado. Y por supuesto gracias a los compañeros y compañeras de facultad, teniais muy buena letra.
almaenmultipropiedad escribió,
Febrero 14, 2008 @ 8:25 pm
Ya no te queda ni esto….
http://es.youtube.com/watch?v=I7EHTAiPUCo
(santa frivolidad, pero me acorde de ti, jajaj
)
seleti escribió,
Febrero 14, 2008 @ 9:01 pm
jajaja, que mamon eres. Cuando he visto al pelanas lo he pillado por completo. jajaja.
natalia escribió,
Febrero 28, 2008 @ 12:34 pm
Puedo contagiar una vez más, sé que puedo, remendar y convertir el instante pasado en un eterno sentir a mi lado. Déjame intentarlo.
La inocencia con los años a veces enferma e incluso parece sucumbir, mientras agoniza de un dolor desconocido.
La pasión por vivir… la pasión por vivir… es tan enemiga de la madurez, tan dada a mudarse con el paso de los años, tan volátil por los acontecimientos cotidianos, que me hace vivir en una eterna injusticia y egoísmo del sentir a tu lado. Déjame intentarlo. Déjame intentarlo. Déjame intentarlo.